Eran las 3 AM, el calor deliraba sobre la casa haciendo surcos sobre mi piel. No sudaba, creo que me estaba derritiendo. Mis ojos permanecían abiertos, las pestañas humeantes me mostraban la habitación carbonizada. De todos modos, le hice honor al último cigarrillo.
Me levanté y lo dejé. La sensación de verlo descansar era el alivio que anhelaba, tal vez lo que mi vida exigía era la purificación; después de tantos años de moretones, de piñas y patadas incrustadas en el cuerpo y dos bebés perdidos me decidí.
Tuve la desgracia inútil de una perimetral por el plazo de 90 días, no se podía acercar, 300 metros mínimo de distancia. Mi abogado me convenció que tres cuadras eran la coraza que me protegerían de él, que la invisibilidad del poder judicial eran el impedimento para que me vuelva a fajar.
Algo sucedió, quizás la muralla invisible él no la pudo ver. Entró a casa, me violó de todas las formas que se puedan imaginar. Me sujetó las muñecas, las ató, y los insultos me recordaron el nauseabundo olor a damajuana. Por adelante, por atrás -Siempre serás la puta de la cuadra, conmigo gratis, yo te manejo, nada de fetos ¿Me entendiste?
Me tomó del cuello, y cómo una serpiente se enroscó. Me desvanecí, desperté y noté que se me había aflojado una mano. Necesité fumar, le saqué sus cigarrillos. Al primero lo devoré, el tabaco eliminó el olor rancio de su cuerpo sobre el mío. El segundo lo disfruté porque me sentí mujer por primera vez en la vida. Y en el tercer pucho enlace mi mano a la de él.
El encendedor de bencina me comprendió fundiéndose pasionalmente con el colchón. El fuego comenzó su orgía, le daba lo mismo la alfombra, las cortinas de la ventana, las mesitas de luz, etc. Fue más difícil con el cuerpo de ambos. Él, borracho de orina y alcoholizado, apenas se tiró de la cama. Y mientras el fuego me despellejaba pude oír que su corazón tenía las últimas palpitaciones.
Algún hijo de puta me salvó, y siento las curaciones y el proyecto poderoso de injertos de piel de cerdo.
Seré juzgada y convertida en propiedad del Estado.
Por Sebastián D. Longhi.
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