Estoy enojada. Lo aclaro desde el principio porque el enojo no siempre lleva a un buen análisis. A través del contacto que tengo con vecinos he verificado el abuso de los comercios que venden alimentos y en los elementos básicos de higiene, tan necesarios en estos momentos.
Ya no quiero escuchar argumentos de algunos funcionarios que buscan cualquier excusa para no hacer lo que deben: cuidarnos a todos.
Mientras una legión de voluntarios sale a hacer las compras, en un esfuerzo de colaboración solicitado por el municipio para asistir a los que no pueden -ni deben- salir, los que están solos, los que tienen miedo, inspectores municipales cobran sus sueldos para quedarse en sus casas. Y los inspectores cobran muy buenos sueldos.
Ellos son los que deberían estar en esos comercios en donde los irresponsables ponen la mercadería a un valor superior a lo que estableció el gobierno nacional como precio máximo, esquilmando a quienes están viendo como estirar su presupuesto durante la cuarentena que, ya saben, se prolongó hasta mediados de abril. Por ahora.
Existe en el municipio la dirección de defensa a los derechos del consumidor. El director es Ariel Voiro, que depende de Sebastián Vela. ¿Estarán al tanto de las quejas de los vecinos? ¿Llegarán a ellos las denuncias que se hacen?
Supongamos que no tienen inspectores, pero sí los tiene Carlos Tagliafico. ¿Tan difícil es convocarlos, darles una lista de productos básicos con sus precios máximos y decirles que vayan a controlar, con sanciones mediante? ¿Que labren actas, que apliquen sanciones? ¿O no quieren tomar la decisión?
Mientras me hago estas preguntas también considero a los distribuidores. Los que compran por dos pesos y venden a cien. Los que se están haciendo su agosto a costa de la necesidad. ¿A ellos tampoco se los controla?
Las leyes no sirven para nada si no se cumplen, si no hay control. Son letra muerta. Son la justificación de que «hacen» algo para cobrar abultados sueldos, que les pagamos los que ahora los necesitamos.
Dónde están? Qué hacen? Si no cumplen con su trabajo, renuncien. Es lo que corresponde.
Marta Santos

